Amar empieza por mirar
Pilar Algarate 24 de Octubre de 2026Lecturas del XXX Domingo del Tiempo Ordinario: Primera lectura: Ex 22, 20-26; Segunda lectura: 1 Tes, 5-10. Santo evangelio según san Mateo 22, 34-40.
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39)
Hay personas con las que nos cruzamos casi todos los días. En la puerta del supermercado, en una esquina, junto al metro, bajo unos cartones cuando todavía es temprano. A veces las vemos. Otras veces hacemos como que no.
Y hoy Jesús habla precisamente de eso. De amar al prójimo.
Lo hemos escuchado tantas veces que casi sabemos cómo sigue antes de que termine el Evangelio: amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. Pero llevarlo a la vida ya es otra cosa.
Porque el prójimo no es alguien en abstracto. Es quien está cerca. También esa persona con la que nos cruzamos y cuya historia desconocemos.
La primera lectura de hoy es bastante clara. Habla del extranjero, de la viuda, del huérfano. Incluso habla de algo tan concreto como el manto que una persona necesita para protegerse del frío durante la noche. Y Dios dice: «Si grita a mí, yo lo escucharé».
Este domingo celebramos la Campaña de Personas Sin Hogar. Y cuesta escuchar esas palabras sin pensar en quienes esta noche volverán a dormir en la calle.
Pero no tener hogar es mucho más que no tener una casa. Es vivir sin esa seguridad que damos por hecha cuando metemos la llave en la puerta. Es no saber dónde vas a estar dentro de unos días. Es perder vínculos. Es encontrarse una y otra vez con puertas que no se abren. Y es también comprobar cómo, poco a poco, la gente deja de mirarte.
Quizá por ahí podemos empezar. Por mirar.
No hace falta saber qué decir. A veces basta un buenos días, una sonrisa, preguntar cómo estás o llamar a alguien por su nombre. Parece poca cosa. Para quien lleva horas viendo pasar zapatos y prisas, quizá no lo sea tanto.
Hace unos días, en la marcha de Personas Sin Hogar por las calles de Madrid, escuchábamos algo muy sencillo: quizá no podamos llevar a alguien a nuestra casa, quizá no podamos resolver su situación, pero todos podemos tener un gesto. Y un gesto también dice: te he visto.
Eso tiene mucho que ver con el Evangelio de hoy. Porque Jesús no nos pide que amemos «a las personas sin hogar». Nos pide amar al prójimo. Y cuando hablamos así, desaparecen un poco las etiquetas. Delante ya no hay un colectivo. Hay una persona.
Una persona que tiene nombre. Que ha querido y ha sido querida. Que ha trabajado o busca hacerlo. Que se equivoca, acierta, se ríe, se enfada, hace planes. Una persona que no puede quedar definida por el lugar en el que duerme.
«Como a ti mismo», dice Jesús. Quizá ahí esté lo más difícil del Evangelio. Porque nadie quiere que dejen de verle. Nadie quiere que hablen de su vida sin contar con él. Nadie quiere sentirse una molestia en la ciudad en la que vive.
Tener un hogar es tener un techo, sí. Pero también es tener un lugar. Poder cerrar una puerta. Saber dónde vas a dormir mañana. Sentir que perteneces a algún sitio.
No vamos a resolver el sinhogarismo con una sonrisa. Hacen falta vivienda, derechos, oportunidades, políticas públicas y acompañamiento. Pero tampoco construiremos una sociedad distinta si aprendemos a pasar junto al sufrimiento sin que ya nos diga nada.
Este domingo Jesús vuelve a dejarlo en dos mandamientos.
Amar a Dios. Y mirar a quien tenemos al lado como nos gustaría que nos miraran a nosotros.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 34-40
En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?"
Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.
Para preguntarnos
¿A quién he dejado de ver en mi vida cotidiana?
Cuando me cruzo con una persona que vive en la calle, ¿qué veo primero: a la persona o su situación?
¿Qué podemos hacer, también como comunidad cristiana, para que nadie sienta que no tiene un lugar entre nosotros?
Oración
Señor Jesús, enséñanos a no pasar de largo. A mirar a cada persona como Tú la miras, sin etiquetas y sin prejuicios. Que no nos acostumbremos a ver a alguien durmiendo en la calle. Que sepamos acercarnos, escuchar, acompañar y defender la dignidad de cada persona. Y que nuestras comunidades sean lugares donde nadie se sienta invisible, donde haya sitio, vínculos y oportunidades para volver a empezar. Amén.