No se había pasado de parada. No tenía dónde bajarse.

Pilar Algarate 24 de Octubre de 2026

A veces alguien despertaba a Constantine en el Metro. “Perdona, creo que te has pasado de parada.”

No sabían que Constantine no se había pasado de parada. No tenía dónde bajarse.

Durante dos semanas, la línea 6 fue lo más parecido que tuvo a un lugar donde estar. Pasaba el día sentada en el vagón. A las dos de la madrugada, cuando cerraba el Metro, salía y caminaba hacia el centro, buscando calles donde hubiera policía. Le daba miedo quedarse dormida. Le daba miedo el frío. Así que caminaba.

Hasta las seis.

Entonces Madrid abría de nuevo sus estaciones y Constantine volvía a entrar.

Mientras tanto, la ciudad seguía haciendo lo que hacen las ciudades. La gente iba a trabajar, volvía a casa, quedaba con alguien, hacía la compra, llegaba tarde. Entraba y salía del Metro.

Y Constantine daba vueltas.

Daniel conoce también esa otra ciudad. Vive en situación de sinhogarismo desde 2011. Le han robado ocho teléfonos móviles.

Ocho.

Puede parecer algo pequeño cuando lo que falta es una casa. Pero perder un móvil es perder también la posibilidad de que te llamen para un trabajo, hacer una gestión, consultar una dirección, hablar con alguien o, sencillamente, entretenerte un rato.

Daniel ha trabajado como carretillero y como conductor. Y cuenta algo que parece evidente, aunque pocas veces pensamos en ello: para trabajar también hace falta tener dónde dormir.

¿Cómo conduces después de pasar una noche pendiente de que no te roben? ¿Dónde te duchas antes de ir a trabajar? ¿Dónde dejas tus cosas? ¿Cómo empiezas de nuevo cada mañana cuando llevas contigo todo lo que tienes?

Quizá entendemos lo que significa tener un hogar cuando pensamos en esas cosas pequeñas que hacemos cada día sin concederles ninguna importancia.

Llegar.
Dejar las llaves.
Soltar el bolso.
Quitarnos los zapatos.
Poner el móvil a cargar.
Cerrar la puerta.
Dormir.

Y saber que mañana nuestras cosas seguirán allí.

Por eso este año la Campaña de Personas sin Hogar nos recuerda que «Un hogar es mucho más que un sitio donde vivir. Es un lugar al que pertenecer».

Porque no tener hogar es mucho más que no tener techo.

Es vivir sin ese lugar desde el que ordenar la vida. Sin intimidad. Sin descanso. Sin seguridad. Muchas veces, también, sin una red que sostenga cuando las cosas empiezan a ir mal.

Las historias de Daniel, Constantine, Lenin o Edith son diferentes. No hay una única historia detrás del sinhogarismo. Hay trabajos que se pierden, alquileres que no se pueden pagar, rupturas, problemas de salud, adicciones, situaciones administrativas que se complican, procesos migratorios, familias que están lejos. Y, muchas veces, varias cosas que llegan una detrás de otra.

Por eso quizá deberíamos matizar esa frase que tantas veces repetimos: «A cualquiera nos puede pasar».

No todas las personas partimos del mismo sitio.

Hay quien pierde el trabajo y tiene unos ahorros. Quien puede volver a casa de sus padres. Quien tiene una hermana, un amigo, alguien que le presta dinero o le deja una habitación durante unos meses.

Y hay quien, cuando cae, no encuentra a nadie detrás.

Ahí también empieza el sinhogarismo.

Y por eso la respuesta no puede ser únicamente encontrar una cama para esta noche. Hacen falta vivienda, empleo, ingresos, acompañamiento y políticas capaces de actuar antes de que la calle se convierta en la última alternativa. Y hace falta contar con las propias personas, con lo que saben porque lo han vivido, para construir esas respuestas.

Pero hay algo que no depende solo de las administraciones ni de las entidades sociales.

Depende de nosotros.

La mirada.

Podemos acostumbrarnos a ver a una persona durmiendo en un banco. A alguien cargando varias bolsas. A quien permanece demasiado tiempo en el mismo vagón.

Podemos incluso aprender a pasar por su lado sin verla.

Daniel lo dice de una manera mucho más sencilla: somos personas «como todo el mundo».

Como todo el mundo.

Con aciertos y errores. Con personas a las que queremos. Con miedo. Con proyectos que alguna vez imaginamos. Con ganas de que mañana sea un poco mejor que hoy.

Desde Cáritas acompañamos a personas que viven estas situaciones y defendemos su derecho a recuperar autonomía, oportunidades y un lugar propio. No para decidir su vida por ellas, sino para caminar a su lado mientras vuelven a construirla.

Y para quienes intentamos mirar esta realidad desde el Evangelio hay, además, una pregunta difícil de esquivar: Si quien está ahí es mi hermano o mi hermana, ¿puedo acostumbrarme a pasar de largo?

Esta semana cientos de personas caminaron por el centro de Madrid para recordarnos que nadie debería vivir en la calle.

A su alrededor, Madrid siguió siendo Madrid.

Turistas haciendo fotografías. Personas mirando escaparates. Gente llegando tarde. Terrazas llenas. El Metro entrando y saliendo de las estaciones.

La marcha terminó. La campaña terminará.

Pero mañana alguien seguirá buscando un lugar donde dejar sus cosas. Alguien mirará al cielo para saber si esta noche va a llover. Alguien intentará dormir sabiendo que debe permanecer alerta.

Y puede que alguien vuelva a quedarse dormido en un vagón.

Quizá otra persona se acerque y, con buena intención, le diga: Perdona, creo que te has pasado de parada.

Ojalá llegue el día en que tenga una en la que bajarse.

Y un lugar al que volver.

\#NadieSinHogar \#PersonasSinHogar \#CáritasMadrid
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